07 agosto 2010

La parábola del hijo perdido

HABÍA UNA vez un agricultor muy rico. Él tenía dos hijos y los amaba mucho. Pero, un día, el hijo más nuevo dio la siguiente noticia al padre: Yo me voy de casa. Yo sé que tengo derecho a una parte de su riqueza, por eso quiero mi parte del patrimonio para usarla de la forma que yo quiera. El papá se quedó muy triste, pero no podía hacer nada, pues su hijo ya estaba decidió. Entonces, entregó al hijo la parte del patrimonio que le pertenecía al joven muchacho y se fue para un lugar muy distante.

En aquella tierra bien distante, todos querían quedarse cerca de él y fingían ser sus amigos, solo porque era rico. El joven comenzó a gastar sin pensar en el futuro. Él no trabajaba y solo pensaba en gastar en fiestas y grandes banquetes. Cuando su riqueza acabó, él se quedó sin dinero hasta para comprar una comida. ¿Amiguitos, saben los que aquellos falsos amigos hicieron? Lo abandonaron y se fueron. ¡Pobre muchacho! Para no morirse de hambre, él consiguió un empleo para cuidar de chanchos. El hambre era tanta, que él tenía ganas de comerse la comida que se les daba a los chanchitos. Pero su patrón no lo dejaba comer ninguna comida, ni mismo aquella. ¿Pero qué difícil situación, no es cierto? En aquel momento el joven se acordó de cómo los empleados de su papá eran bientratados y comían bien. Entonces resolvió volverse a su casa.

Él pensó que su padre estaría muy enojado en recibirlo como su hijo. Pero, para él, eso no importaba. Lo que él quería era volver para su casa, mismo que fuese para ser un empleado. Cuando se aproximó de la casa, el papá vio que el hijo estaba volviendo. ¿Saben lo qué el papá hizo? Corrió feliz, beso y dio un fuerte abrazo a su hijo. ¡Qué alegría! ¡Mi hijo está de vuelta, viva! Todo feliz, el papá mando que trajearan un lindo anillo, ropas y sandalias nuevas y los dio para su hijo y, junto con los vecino y amigos, conmemoraron con mucha alegría.
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