14 febrero 2013

Cuida de lo más importante


Era una vez un joven que recibió del rey la tarea de llevar un mensaje y algunos diamantes a otro rey de una tierra lejana. Recibió también el mejor caballo del reino para transportarlo en la jornada. ¡Cuida de lo más importante y cumplirás la misión! Dijo el soberano al despedirse. 

Así el joven preparó sus alforjas. Escondió el mensaje en el dobladillo de los pantalones y puso las piedras en un bolso de cuero atado a la cintura, debajo de su vestimenta. Por la mañana bien temprano, desapareció en el horizonte. Y ni siquiera pensaba en fallar. Quería que todo el reino supiera que era un joven noble y valiente, listo para desposar a la princesa. 

A decir verdad, ese era su sueño y parecía que la princesa alentaba sus esperanzas. Para cumplir rápidamente su tarea, muchas veces dejaba el camino y cortaba por atajos que sacrificaban a su cabalgadura. De esa forma, exigía el animal a lo máximo. Cuando se detenía en algún parador, dejaba el caballo a la intemperie, no le quitaba la silla ni la carga, tampoco se preocupaba en darle agua o comida. De esta manera joven, terminarás perdiendo el animal, alguien le dijo. 

No me importa, le contestó. Tengo dinero. Si éste se muere, me compro otro. No me hará ninguna falta. Con el pasar de los días y bajo tanto esfuerzo, el pobre animal no soportó más el mal trato y cayó inerte en el camino. El joven simplemente lo maldijo y siguió el camino a pie. Pero como en aquella región había pocas haciendas, muy alejadas unas de las otras, en pocas horas el mancebo se dio cuenta la falta que le hacía el animal. Estaba agotado y con sed. 

Ya había dejado por el camino todos los trastos, a excepción de las piedras preciosas, pues recordaba la recomendación del rey: ¡Cuida de lo más importante! Su paso se hizo corto y lento y las paradas, frecuentes y largas. Como sabía que podría desmayarse a cualquier momento y temiendo ser asaltado, escondió las piedras en el taco de su bota. Un poco más tarde, cayó extenuado sobre el lecho polvoriento del camino donde pasó un largo tiempo desfallecido. Mientras tanto, una caravana de mercaderes que seguía viaje para su reino, lo encontró y cuidó. Cuando el joven recobró los sentidos, estaba de regreso en su ciudad. 

Inmediatamente fue ante el rey, para contarle lo sucedido y sin ningún remordimiento echó toda la culpa de su fracaso al caballo débil y enfermo que le habían dado. Majestad, cumplí lo que me recomendaste: "Cuida de lo más importante". Aquí están las piedras preciosas que me confiaste. Las devuelvo intactas. No he perdido una siquiera. El rey las recibió de sus manos con tristeza y lo despidió, mostrando una gran frialdad delante de sus argumentos. 

Abatido el joven dejó el palacio muy apesadumbrado. En casa, al quitarse la ropa sucia, encontró en el dobladillo de sus ropas el mensaje del rey, que decía: A mi hermano, Rey de la Tierra del Norte! El joven que te envío es aspirante a la mano de mi hija. Esta jornada es una prueba. Le di algunos diamantes y un buen caballo. Le recomendé que cuidara de lo más importante. 

Hazme este gran favor y comprueba el estado del caballo. Si el animal está fuerte y sano, sabré que el joven es fiel y sabe reconocer quien lo ayuda en la jornada. Si, pierde el animal y solamente guarda las piedras, no será un buen marido ni rey, pues tendrá ojos solamente para el tesoro del reino y no le dará importancia a la reina ni a los que le sirven. 

Saber reconocer a los que verdaderamente nos ayudan día tras día es, sin duda, un gran reto para muchos de nosotros. 

Reconocer el valor de los familiares, que se constituyen en verdaderos puntales de apoyo en las horas difíciles que a veces nos tocan vivir. 

Ser fiel a los amigos sinceros que caminan con nosotros. 

Actuando así, estaremos realmente cuidando de lo más importante, que son esos diamantes insólitos que no tienen precio y que ningún ladrón tendría interés en robarnos...


¡Feliz día del amor y amistad!


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